El dilema de Europa: entre la economía y la política

Francesc Xavier Ponce, profesor de Economía del MBA URV.

Francesc Xavier Ponce, profesor de Economía del MBA URV.

Francesc Xavier Ponce, profesor de Economía del MBA de la URV.

Desde hace unos años se dice que estamos viviendo el declive de Europa, que nuestra generación será testigo del final del dominio de Occidente y que el siglo XXI estará dominado por Asia. En realidad, esto simplemente supondría volver a lo que ha sido habitual durante la mayor parte del último milenio. Lo anómalo ha sido el dominio de Occidente durante los últimos 200 años.

¿Cuáles son las razones de la decadencia de Europa? Durante los años 90 se extendió el discurso que era fruto de nuestro generoso Estado del bienestar, que implicaba unos costes que nos impedían ser competitivos en los mercados globales. Pero desde 2008 se le achaca parte de la culpa al euro, una moneda creada para dotarnos de una mayor estabilidad financiera pero que ha acabado convirtiéndose en nuestra pesadilla. Sea como sea, lo más preocupante de la crisis actual es que ha puesto en entredicho el modelo social europeo. Y ese es un legado que tardamos varios siglos en construir.

Convertirnos en ciudadanos con unos derechos civiles, políticos y sociales no fue una tarea fácil. Durante miles de años, emperadores, reyes y nobles tuvieron un poder ilimitado sobre la vida y la muerte. Algunos de ellos creían que eran dioses y otros que eran incluso superiores a los dioses. Pero con la Revolución Francesa de 1789, con su proclamación de libertad y de igualdad entre los hombres, se inició un nuevo período de la Historia. Nacía así el concepto de ciudadanía, asociado a unos derechos civiles como la libertad de pensa- miento, de expresión, de culto,… fruto de la reacción de la Ilustración contra el absolutismo.

Los derechos políticos, esa capacidad de elegir y de ser elegido como representante político, se alcanzaron a finales del siglo XIX. Fue durante la Belle Epoque, una época de prosperidad que nos permitió pasar de la luz de gas a la electricidad, del caballo a los vehículos de motor, del correo al telégrafo y a la radio,… Y en aras de mantener la paz social se concedió el derecho de voto a los hombres y, posteriormente, a las mujeres.

Los derechos sociales, en cambio, no se generalizaron hasta después de la 2.ª Guerra Mundial. Millones de personas murieron durante las guerras mundiales y muchas de las que sobrevivieron estaban arruinadas por la gran depresión económica de los años 30. Unos hechos que aumentaron el descontento y la desconfianza hacia las democracias liberales y sus economías de mercado. Fue entonces cuando se logró un nuevo contrato social entre ricos y pobres, por el cual el Estado se comprometía a garantizar un determinado bienestar a las personas desde la cuna hasta la tumba, a garantizar una vida digna a los enfermos, a los parados, a los jubilados, etc. Una red de seguridad que en EE.UU. recibió el nombre de New Deal y, en Europa, de Estado del bienestar. Y se creó así el pegamento que durante años reconcilió el capitalismo con el bienestar de sus ciudadanos. Una historia de éxito que, en distintas versiones, se acabó extendiendo por muchos países. Y que acabó llevando a que las relaciones económicas internacionales se intensificaran, que las economías se globalizaran y que el mundo se hiciera plano. Un proceso que sacó de la pobreza a millones de personas en China, en la India, en Brasil y en muchos otros países, que por fin tenían acceso a la educación, a la sanidad, a las nuevas tecnologías de la sociedad de la información,… Y sin embargo, este desarrollo generó también una mayor competencia que ha llevado a Europa al borde de la depresión: estancamiento económico, paro, deflación, endeudamiento, …

Para saber qué nos pasa es necesario saber cómo somos. Y hay tres cifras que nos definen como europeos: 7%, 25% y 50%.

• Somos el 7% de la población mundial. ¿Es mucho o es poco? Depende de cómo se mire. Hace 50 años una de cada 5 personas en el mundo eran europeas, pero de aquí 50 años las previsiones indican que sólo seremos una de cada 20.

• El 25% es nuestro peso en la economía mundial. Y eso es mucho, porque nos convierte en la zona más rica del mundo. El problema es que, desde hace ya algunos años, somos una economía estan cada con 26 millones de parados. Y las perspectivas no son especialmente positivas.

• El 50% indica que la mitad del gasto social que se realiza a nivel mundial lo hacemos en Europa. El Estado del bienestar nos proporciona un grado de inclusión social que es una parte esencial de nuestra identidad.

La actual crisis económica ha puesto en entredicho nuestro modelo económico y social. Si vamos hacia un mundo donde los europeos cada vez seremos menos, más viejos y más pobres… ¿es sostenible nuestra economía del bienestar? ¿Debemos recortar el gasto social y flexibilizar la economía para ganar competitividad y generar riqueza? ¿O debemos redoblar la apuesta por las políticas sociales y educativas, que nos permitan sentar las bases para un crecimiento a largo plazo?

Estamos en una encrucijada donde todo está por hacer y todo es posible. Pero necesitamos reflexionar qué queremos ser y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Y este es el debate ineludible que algún día tendremos que abordar los europeos. Hasta entonces no eliminaremos la sospecha de la duda que recae sobre las economías europeas.